De cómo me contagié de AH1N1 y otras misceláneas


Fue en los últimos días de aquel marzo odioso del 2011 cuando se originó un nuevo brote de gripe AH1N1 en Venezuela. De inmediato politizaron el tema, le echaron la culpa a Chávez, a Globovision y mi mamá dijo que se acercaba el fin del mundo.

Todo se originó en el estado Mérida, durante la famosa Feria del Sol. Los casos fueron apareciendo uno a uno rápidamente como los familiares que nunca se ven hasta que hay que repartir una herencia. “Se jodieron los gochos”, pensé… hasta que los turistas se encargaron de repartir el virus por el país. 

Pues bien, encontrábame yo cubriendo el circo ese que montó La Tigresa del Oriente el viernes 18 en el Teatro Bar con un amigo. Los dos, pelabolas al fin, no compramos tragos porque en ese local todo es carísimo (el alcohol también debería ser regulado en este país, just saying). Luego llegó otro amigo (al que llamaremos Contagiado 1 para proteger su identidad) que trabaja conmigo.

Me aproveché de Contagiado 1 y le quité un trago que llevaba por la mitad. Pidió uno más en mi presencia y también tomé de allí. Luego salió la doña esta a doblar mal hasta el saludo, y el lugar se convirtió en un coctel de hipocresía maldita con desprecio disfrazado de sonrisas. Ella es muy inocente o disimula muy bien. Por supuesto, el sitio es chiquito y eso era un todo contra todos, como en el Metro, pues.

Salí de allí con el amigo que fui inicialmente y dejé a Contagiado 1. Más tarde nos encontramos todos con más gente en un local de por ahí cerca. Salimos de allí escoltados por sol y luego cada muñeco pa’ su juguetería.

El fin de semana transcurrió sin contratiempos. No salí de casa, tampoco me bañé. Lidia con eso,  Shakira, soy más hipster que tú.

El lunes despierto con una hermosa tos de esas que te dejan arqueado luego de su nacimiento. Mi mamá, al escucharme, expresó un “¡uy!” tan premonitorio que hasta Adriana Azzi se hubiese quedado en un tacón. Al llegar a la redacción oí otros “¡uy!” que comenzaron a molestarme. Contagiado 1 llegó más tarde de haberse visto con el médico porque había amanecido enfermo. Entonces todos encendieron sus antorchas.

Al tercer día fue que logré ir a hacerme la prueba. Mi hermana me acompañó a un Distrito Sanitario, del que gentilmente me dijeron que no me podían atender por un poco de razones que a todas luces eran absurdas. En la tarde volví recomendado por un doctor  y me atendieron (chapeo mata negligencia).

La gente abajo se mataba por la vacuna. Parecía una película de zombies. Yo era un posible contagiado y ellos querían salvarse para salir al principio de los créditos.

El sitio estaba repleto de carteleras de primaria elaboradas por estudiantes de algún instituto de enfermería cuyos nombres reposaban en la esquina inferior de cada rectángulo colgante. “Sangramiento no se escribe separado”, le dije a la doctora mirando a la pared. Ella miró y sonrío como “pobre hombre, está muriendo”.

La dichosa prueba no es más que una muestra que se toma con un hisopo grandote con el que rozan la garganta o la nariz. También hacen mil quinientas preguntas de manera rápida e ininteligible, tipo prueba de admisión a la universidad. Recuerdo que algunas tenían que ver con popó de murciélago. Weirdos.

Seguía siendo sospechoso, pero me mandaron el tratamiento como si fuese un contagiado.

Hola, tapaboca. Hola, aislamiento. Hola, medicinas.

¿Qué cómo se siente? Bueno, como si Viviana Gibelli estuviese sentada en tu cabeza y Hulk Hogan te hubiese dado muchos abrazos. Duele hasta el último pelo del cuerpo. Pero peor que eso era estar encerrado por diez días enteros. Yo, intenso ajuro, no tengo televisor en mi cuarto. Ni radio. Y mi módem de internet está dañado desde hace meses. Horror.

Me entretuve con mi celular. “¿Mira, tienes la porcina? ¿Vienes a clase hoy?”, me preguntó un amigo medio tarado. También leí un libro y una Rolling Stone España que me trajo una amiga.

Llegó un punto en el que estaba tan acostumbrado al tapaboca que se me olvidaba quitármelo antes de lanzar la pastilla a la boca. Usarlo al mismo tiempo que los lentes era imposible porque se empañaban. Eso al menos me daba risa.

A los casi 15 días de hacerme la prueba, el Distrito Sanitario me llama para decirme que era positivo de gripe AH1N1 y que formaba parte de las estadísticas. Y yo me quedé tipo “I mean, seriously?”.

Después de curarme la gente todavía creía que se podía contagiar. Algunos no me daban la mano o no pasaban cerca de mí en la oficina. Alguien en mi trabajo llegó a insinuar que debían negarme la entrada a la empresa… En la universidad fue menos la discriminación.

Nota: en momentos como ese te das cuenta de que tu familia siempre se preocupará por ti, así odies sus gustos musicales.

El asunto de la gripe no es tan grave. Incluso, la tasa de mortalidad es mínima. El problema es que todos estamos esperando el fin del mundo y cualquier cosa mala a la que los medios le dediquen amplia cobertura puede ser una señal del Apocalipsis. Basta, ustedes se van a morir cuando yo diga.

No es que ahora escribiré un libro y me convertiré en activista como los famosos cuando son sobrevivientes del cáncer o están recién salidos del clóset, pero sí quiero que les quede algo de todo esto: la Tigresa del Oriente es un chiste con peluca.

Ah, y que lo piensen bien antes de compartir un trago en época de AH1N1.

Lean, mijamores, lean.

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