Navidad


Hace unos días me topé con una señora que vive en la calle. Ella, con un humor volátil, me pidió dinero.  No respondí a su requerimiento hasta que me dijo para qué quería la plata: ¡para comprarse cremas para la cara! Así, con todas esas letras. La verdad es que la dama estaba muy bien arreglada a pesar de su contexto. Cejas poco pobladas, uñas de manos y pies arregladas, pintura de labios, etc. Ella me contó, mientras pasaba de estar contenta a molesta (y viceversa) que es hija de una persona muy importante en el país, con mucho dinero.  También se quejó de que los cosméticos subían de precio de una semana a otra y que no entendía por qué. Cree que los que trabajan en Farmatodo tienen un plan para robarla, pero ella es más inteligente que ellos y no se deja.

El punto es que ese encuentro me permitió tener un flashback. Viajé hasta hace poco más de un año cuando conocí a la actriz Nancy González que, a pesar de llevar cuatro años viviendo en su carro, siempre andaba bien arreglada y era muy delicada y coqueta. Ahora ella tiene un apartamento que el gobierno le entregó después de que se hiciera pública su historia. De vez en cuando intercambiamos mensajitos de texto.

Pero este post no es para hablar de la vanidad de la mujer venezolana a pesar de la calamidad. En serio, no.

Esto es más una reflexión personal.

El año pasado, para esta fecha, yo era la persona más deprimida del mundo mundial. No creo menester mencionar la causa principal, pero sí puedo decir que, además de eso, había renunciado a mi trabajo para terminar la tesis y graduarme, el alquiler y un psiquiatra me succionaban los ahorros, tenía poco tiempo viviendo lejos de mi familia y comencé a sufrir de ataques de pánico e insomnio.

Las cosas malas pasan todas al mismo tiempo.

Pero las cosas buenas, cuando llegan, también.

Cuando no crees en Dios no sabes quién agradecerle cuando te va bien. Porque si te gratificas a ti mismo puedes pecar de fatuo ante los ojos de los demás. Tampoco quiero convertir este post en uno de esos resúmenes anuales que hace la gente en Internet para presumir éxitos antes los demás.

Aunque sí estoy agradecido, inmensamente.

Por todo.  Por lo bueno, lo malo, lo bonito, lo feo.

Pero, principalmente, porque este año fue totalmente opuesto al anterior.

En todo caso, nadie tiene potestad para exigirle a otro fingir estar bien cuando no lo está. Sin embargo, creo que es importante darse cuenta de que a veces preferimos ahogarnos en lágrimas porque es más fácil que levantarse de la cama a intentar cambiar las cosas. Porque la depresión es seductora y, como toda adicción, destruye.

Eso lo aprendí a golpes, como la arcilla.

Las personas suelen deprimirse para estas fechas.  Mi mamá siempre llora porque ya no tiene a su mamá cerca. Mi sobrinita porque no la dejan lanzar fosforitos. Todos tenemos preocupaciones y sufrimos por ellas aunque sean tontas, pero no es un calendario nuevo o viejo el que va a cambiar las cosas. Es uno mismo, misijos. Uno mismito.

A Nancy González le preocupaba que su cena del 24 de diciembre fuese una hamburguesa de McDonald’s que alguien le regalaba.

A la señora que recoge dinero para comprarse cosméticos le preocupa que ahora tiene que pedir a más personas para poder consentirse.

A los chamos les preocupa que el Niño Jesús no les traiga lo que pidieron.

Think about it.

Y disfruten de la fucking Navidad.

Ah, y Feliz Año 🙂

JG.

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